Más de uno se habrá visto en esta situación: a los pocos meses de adquirir un ordenador nuevo del tipo Core 2 Duo o AMD64 quiere tener más memoria y sale a comprar un módulo adicional de 1GB. Llegado a la tienda, sin embargo, y aprovechando que la RAM está tan barata, cambia de opinión. Si la placa soporta un máximo de 4GB, ¿por qué no estirarse un poco más en el gasto y conseguir algo más de holgura para experimentar con máquinas virtuales, infografía, informática forense y otras virguerías que sirven para distinguir al usuario exigente de un vulgar hacker del e-mule? Al fin y al cabo es la RAM lo que diferencia al buen techie, no los megahercios del micro, como equivocadamente se cree. De vuelta en casa, tras desembalar e instalar nuestros dos flamantes módulos Kingston de 2GB, nos encontramos con la primera sorpresa. Windows XP solo reconoce 3GB o en el mejor de los casos algo más. Quizá uno de los módulos esté defectuoso. Antes de reclamar decidimos hacer pruebas: primero con uno de los módulos, luego con el otro, para saber cuál falla. Pero resulta que los dos funcionan sin problemas. Repitiendo las pruebas con Linux tendremos el mismo resultado. Sorprendentemente la BIOS sí es capaz de ver los cuatro gigas de RAM.
De pronto caemos en la cuenta de que estamos utilizando sistemas operativos de 32 bits. Basta hacer algunos números para obtener pistas de por dónde puede andar la causa del problema. 2 elevado a la 32 da 4.294.967.296 (4 GB), que es el espacio de direccionamiento máximo de memoria. No llegamos a disponer de la totalidad del mismo porque el sistema se reserva un giga para mapear dispositivos como la tarjeta gráfica o componentes PCI. A costa de una caída en el rendimiento podemos recurrir a diversos trucos que nos permiten aprovechar el máximo de RAM admitida, y que se describen en detalle aquí.
Para salir de dudas no tenemos más que hacer las mismas pruebas que antes con un sistema de 64 bits -con un direccionamiento de memoria teórico en torno a los 64 GB-. No hace falta adquirir una costosísima versión de Windows para servidores. Ni siquiera tenemos que hacer el menor cambio en la configuración de nuestro software. Basta bajar de Internet una Live-CD de Linux para arquitecturas de 64 bits (como por ejemplo openSUSE 11.1) y arrancar el ordenador con ella. Después, utilizando el monitor de rendimiento o un simple ‘cat proc/meminfo’ en la consola bash, veremos nuestros cuatro gigas de RAM vivitos y coleando.
Este es un fenómeno de agotamiento muy similar al que se produjo hace algunos años con el famoso límite de memoria de 640 KB de Microsoft DOS. Esta vez la culpa no es de Bill Gates. En 1978, cuando salió al mercado el VAX, el primer ordenador de 32 bits, y 64 kilobytes de memoria nos parecían una cifra astronómica incluso para el mainframe más potente, la idea de agotar el espacio máximo de direcciones de 4 GB solo se le habría ocurrido a los guionistas de Star Trek. Cuestión de siglos, si es que llegaba. Han pasado tres décadas desde entonces, y ya estamos al otro lado de lo que entonces parecía ser la última frontera de los 32 bits.
Las tecnologías de la
Un conocido siempre se queja de que “Windows le funciona mal”. La máquina se cuelga en el momento más crítico, y el Explorador de archivos no deja de ponerle zancadillas cada vez que quiere copiar un archivo. Normal: dicho individuo es uno de esos hackers del e-mule que ridiculiza con saña la página
Si gestionamos inadecuadamente los metadatos de MS-Word -y también de Excel, PowerPoint e incluso Adobe Acrobat- habrá fuga de datos. Un extraño podrá conocer nombres de nuestros empleados y clientes, estaciones de trabajo, servidores, routers e impresoras pertenecientes a nuestra red. Estará en condiciones de realizar organigramas y perfiles personales. Engañar a nuestros colaboradores con artimañas de ingeniería social le resultará más fácil. Robar información de nuestra empresa será un juego de niños. En la era digital, esto es el equivalente de aquellas mujeres de la limpieza a las que un espía paga para rebuscar en las papeleras de los ministerios.
En noviembre de 2007 la Guardia Civil realizó un descubrimiento sorprendente al examinar el ordenador del líder islamista
En Internet existen más de cuarenta millones de documentos MS-Word, diez millones de hojas de cálculo Excel y por lo menos ocho millones de presentaciones PowerPoint. Muchos de ellos han sido puestos en sus sitios web por gobiernos, empresas y administraciones públicas. Este volumen resulta apabullante, pero los operadores avanzados de Google nos permiten afinar cualquier búsqueda. Los límites los pone la imaginación del investigador. Basta un simple clic para descargar el documento al disco duro. Con un editor hexadecimal -o simplemente con el bloc de notas de Windows- ya podemos ir descubriendo cosas. En el ecosistema abisal de los metadatos hay todo tipo de informes sobre las materias más áridas, como urbanismo, finanzas, política lingüística y demás, en cuyo interior hallamos no pocas veces valiosa información reservada y otras cosas que en realidad no deberían estar allí.