
De los ingenieros de Microsoft podrán hacerse infinidad de chistes, pero ninguno relacionado con el corto plazo. Si no hemos olvidado del todo la asignatura de Sistemas Operativos, recordadremos que una marca de tiempo Unix es un valor entero de 32 bits que representa el número de segundos transcurridos desde la fecha inicial, el 1 de enero de 1970 a las 00 horas 00 minutos 00 segundos del Meridiano de Greenwich. Aplicando un poco de matemática simple no nos costará obtener el mayor número de segundos que puede representarse con esta marca de tiempo: 2 elevado a la 32 es igual a 4.294.967.296. A las 19:42:58 GMT del 2 de diciembre del año 2038 habrá transcurrido el último de estos segundos, con lo cual el sistema de medición de tiempo de los sistemas Unix habrá dejado de funcionar, generando una serie de consecuencias imprevisibles muy similares a las que se esperaban para el famoso efecto 2000.
La marca de tiempo (timestamp) de los sistemas de archivos NTFS, propios de los sistemas operativos de Microsoft Windows 2000, XP, 2003 y Vista, es de 64 bits. La cifra que resulta de elevar 2 a esta potencia colosal es lo suficientemente pródiga como para permitirse medir el tiempo a intervalos de 100 nanosegundos (una diezmillonésima de segundo) durante 58.000 años a partir del 1 de enero de 1601 a las 00:00:00 GMT. A pesar de todos los esfuerzos de la central de Redmond por dar de baja a XP y operar en ciclos de producto corto, las versiones actuales de Windows son productos potencialmente longevos. Si al final fracasan no será precisamente por falta de previsión.
Y aquí, para los muy observadores que ya se habrán hecho la pregunta más de una vez, un pequeño enigma: ¿por qué enigmático motivo Microsoft decidió datar los comienzos de la era informática el 1 de enero de 1601, una fecha en la que no existían los ordenadores, en la que Leibnitz y Newton ni siquiera habían nacido y en la que Descartes aun no había escrito su Discurso del Método. Reflexionando sobre este misterio solo se me ocurre una explicación posible: la reforma del calendario llevada a cabo por el Papa Gregorio XIII en 1582.
Todos conocemos los principios en los que se basa el calendario actual, con un año bisiesto cada cuatro años menos aquellos que sean múltiplos de 100, haciéndose nuevamente una excepción con los múltiplos de 400, que sí han de ser bisiestos. Este sistema, ideado por los matemáticos de la Universidad de Salamanca y el astrónomo jesuíta alemán Christopher Clavius, que perteneció a la Comisión del Calendario, tenía por objeto corregir el desfase producido por el cómputo inexacto de días de que constaba el año oficial instituído por Julio César con respecto al año astronómico, y que para la fecha en que se hizo la reforma ya acumulaba varios días. El nuevo calendario comenzaba a la fecha del 15 de octubre de 1582, pero sus reglas de cálculo relativas a los años múltiplo de 100 y de 400 debían aplicarse a partir de 1600. Como curiosidad, uno de los últimos países en adoptarlo fue Rusia tras la Revolución de Octubre de 1917, que en la referencia de tiempo de Europa Occidental fue en realidad la Revolución de Noviembre.
Es de suponer que una marca de tiempo de 64 bits requiere más esfuerzo de proceso que una de 32 bits. Esto resultaba particularmente cierto en los años 90 del siglo pasado, cuando se introdujo la primera versión del sistema de archivos NTFS y los chips más potentes eran de 32 bits. Dividiendo el tiempo en períodos de 400 años se ahorran ciclos de procesador en la interpretación de la marca de tiempo. Y aunque haya que retroceder a la época de Shakespeare y Cervantes, aun queda margen para llegar a un futuro digno del space opera o de las fantasías más salvajes de Bill Gates.
El número 51 de la revista
La publicación del ya clásico
Existe en Internet un número de páginas en las que para incrementar el rendimiento de Windows XP y reducir el tiempo en el arranque se recomienda desactivar una característica denominada ‘
El hostil recibimiento de Angeles González-Sinde como Ministra de Cultura por parte de la comunidad de Internet obliga a reflexionar sobre el sentido de la política en tiempos de crisis. Al mismo tiempo revela de manera escandalosa la pauta de acción seguida por el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Con frecuencia se ha acusado al Presidente de confiar excesivamente en su propia intuición, de llevar a cabo políticas ideologizadas que no responden a las circunstancias reales del país, y que por supuesto resultan inútiles para resolver los problemas de nuestra economía o fortalecer la posición de España en la escena internacional. La realidad es aun menos risueña. La única verdad, dicho sucintamente y sin eufemismos, reside en el hecho de que el de José Luis Rodríguez Zapatero es un gobierno de amigachos envuelto en palabrería progresista.