Los archivos personales de la reina

Queen Astrid as a young girl.

Supo que llegaba cuando notó el movimiento de gente en la antesala. A través de la puerta abierta pudo ver a los oficiales cuadrándose mientras los funcionarios civiles se inclinaban respetuosamente -los hombres- o se llevaban la mano al pecho -mujeres-. La reina y sus acompañantes se detuvieron para saludar al personal. Un momento después ella estaba en la sala, avanzando con paso resuelto hacia la mesa electrónica de mapas. El capitán Mendesy no podría decir en qué instante exacto entró, porque le distrajo un aviso urgente en su comunicador. Cuando la vio estaba ya dentro. Mendesy se puso firme y saludó. Su auxiliar la teniente Przikow hizo lo mismo.

Mendesy sabía que las imágenes de televisión no eran puro teatro, porque la conocía bien. Astrid Vargas, soberana de Sarka recién coronada, última descendiente de la estirpe milenaria de los Málaga, no parecía la capitana general de unas Fuerzas Armadas en las que servían cuarenta y cinco millones de personas, con miles de naves y decenas de bases dispersas por todo aquel sector de la galaxia. Mirándola con su uniforme azul, sin charreteras ni condecoraciones, costaba creer que aquella mujercita delgada y aparentemente frágil de treinta y pocos años, uno setenta de estatura y pelo castaño recogido pulcramente en una cortísima cola de caballo, fuera uno de los estrategas militares más brillantes de todos los tiempos. La misma capitana Vargas que con una sola nave y en menos tiempo del que se tarda en escribir un informe de inspección de municiones había pulverizado la Junta Militar, disuelto a los Grenadier -especie de milicia juvenil similar al Youngfolk de la emperatriz Phorenice- y acabado con el régimen dictatorial de unos militarotes que desde hacía tres años tenían aterrorizada a la población civil. Su aspecto era más bien el de una maestrilla de provincias o la encargada de la biblioteca municipal. Mendesy imaginó que los cronistas de sociedad de Leuzen, particularmente los que hablaban en el talkshow de la famosa locutora Jean Manterola, no tardarían en incluirla en la sección de famosas peor vestidas del planeta.

Dos hombres acompañaban a la reina Astrid. Uno de ellos era su secretario personal, el teniente Aziz-Ponomarenko, individuo bien parecido, de aspecto sensible, circunspecto e inconfundiblemente homosexual. Mendesy reconoció en el acto al otro, ya que pese a llevar uniforme sarcano respondió al saludo militar no en la forma típica de Sarka, inclinando el cuerpo hacia adelante, sino con la cabeza erguida, con más bien escasa empatía y tieso como un palo. Se trataba nada menos que del legendario comandante Kaal Djal, de la flota interestelar de Las Islas.

Disculpen si les he hecho esperar, señores”, dijo la reina con una voz suave pero firme que adolecía de cierto ceceo, “Hoy tengo una agenda apretada”. Y no era ninguna excusa. En el mismo día la reina Astrid había abierto el Parlamento de Sarka, se había hecho coronar por un fraile de la Abadía de San Juan de Leuzen y había tomado como consorte a este personaje, el comandante Djal, que según decían llevaba algún tiempo navegando a las órdenes de ella como asesor táctico a bordo del navío Magdeburg.

Aun no es oficial”, explicó la reina Astrid, mientras pulsaba algunos iconos en la pantalla táctil de la plataforma de mapas, “En estos momentos, según informan nuestros espías en Betelgeuse, la emperatriz Phorenice ha decidido declararnos la guerra, pero no hará el anuncio oficial hasta el lunes por la mañana. Muy amable al no querer arruinar el día de mi boda ¿No creen?”

Aziz-Ponomarenko le pasó las gafas y ella se las puso para buscar mejor en la pantalla, con el mismo movimiento de la mano que había empleado cuando se dispuso a leer su discurso ante los diputados del Parlamento. Hay gestos triviales que ponen a toda una nación a tus pies, y aquel fue uno de ellos. Sus señorías de la Comisión Permanente estaban preparados para oir trompetas y tambores anunciando la llegada de una princesa guerrera que viene a apoderarse de los depojos de la Junta Militar y reemplazar una tiranía por otra. Entonces descubren en la tribuna a una muchacha normal, con vista cansada, algo tímida, que después de examinar sus papeles durante un minuto interminable, cierra de pronto la carpeta, la deja a un lado y comienza a contar historias sentimentales de cuando era cría y su padre, el Consejero Vargas, la traía a los debates de la Comisión Parlamentaria Permanente.

Astrid explicó que fingía escuchar las deliberaciones por respeto a su padre, pero que en realidad solo pensaba en el batido de arándanos que él le compraba después en la Plaza Mayor. Dijo que aquellos eran recuerdos entrañables para ella. Que esperaba que después de un período de convulsiones y zozobra la vida recuperara su pulso y alegría de otros años, y que se volvieran a escuchar en aquella gloriosa cámara debates como los que ella había presenciado cuando niña. Que el Parlamento era, junto con el pueblo y la monarquía, uno de los pilares de la nación. Que como hija de la hermana del rey Harald y puesta por este en el primer lugar dentro de la línea de sucesión, ella estaba dispuesta a ser reina, pero solo si el Parlamento volvía a ser lo que fue. Porque sin el Parlamento no estaba dispuesta ni siquiera a permitir que la coronasen. Acto seguido declara terminado el estado de excepción, devolvió al Parlamento sus poderes, descendió de la tribuna, saludó respetuosamente a la Presidenta de la Cámara y la democracia constitucional comenzó a funcionar de nuevo.

Aquella era la reina Astrid. Igual que cuando se la conocía por el nombre de capitana Vargas, iba siempre al grano, y no paraba quieta. Después de abrir unos cuantos directorios y desplegarlos ordenadamente sobre la pantalla táctil, tecleando ágilmente las claves de acceso, la reina preguntó al oficial:

Mendesy, ¿Se acuerda de la operación Bulldog? Usted trabajó en ella conmigo, cuando estaba en el estado Mayor.”

Sí, señora, de eso hará unos cuatro años. Era un plan secreto para atacar la tecnoestructura del planeta principal del sistema Betelgeuse, donde se encuentra Trantor, la capital del Imperio. Usted propuso que en vez de utilizar las estrellas de combate para llevar los aviones hasta el objetivo y naves civiles para recogerlos una vez realizado el blitz, se hiciera al revés: transportando los cazas hasta el objetivo dentro de cargueros pilotados por gitanos del espacio, y después enviando dos estrellas de combate que saltarían de regreso tras haber rescatado a los pilotos”.

Asi es”, dijo la reina, “El plan fue rechazado por el Almirantazgo porque no les gustaba la idea de trabajar con gitanos del espacio. Pero ahora lo necesitamos. Cuando la emperatriz Phorenice nos declare la guerra intentaré solucionar el conflicto por la vía diplomática, pagando el precio más alto que nos podamos permitir con tal de preservar la paz. Pero si las negociaciones no dan resultado al menos ganaremos tiempo para organizar una acción bélica que nos permita llevar la iniciativa. Será meramente testimonial, ya que no podremos destruir más que unos pocos satélites de comunicaciones, dañar un muelle de reparación de naves y cosas por el estilo, pero tendría un efecto demoledor en la moral del enemigo. Objetivos y centros vitales destruidos en la capital del imperio, sobre la mismísima terraza de la emperatriz Phorenice. La operación Bulldog está hecha y verificada el líneas generales. Lo único que necesitamos es actualizar los detalles.”

Pero señora”, objetó Mendesy. “Siguiendo el protocolo de seguridad que establecimos en su día usted y yo, toda esa documentación fue destruida cuando la Junta Militar se hizo con el poder: originales, copias de respaldo, referencias en el archivo, enlaces en el holobanda del Almirantazgo, metadatos. No quedó un solo bit. Bulldog tendría que ser elaborada de nuevo…”

Está equivocado, señor Mendesy”, replicó la reina. “Guardé una copia de Bulldog en mis archivos personales.”

¿Una copia? ¡Qué me dice! Revisamos sus archivos. Analizamos todo lo que había en su sección particular de la nube de datos: libros, música, fotos de familia, audiovisuales, sus ejercicios de piano de cuando niña. Utilizamos detectores de esteganografía, criptología cuántica y codificación Gutmann. Entiéndame bien, señora: no para husmear en sus asuntos, sino tan solo para verificar el cumplimiento de los protocolos de seguridad…”

Mendesy, lo sé”, le detuvo la reina, poniendo su mano encima del antebrazo de él. “Y también sé que corrieron un riesgo haciéndolo”. Otro de esos gestos de proximidad con los que la joven soberana conquistaba el corazón de un pueblo orgulloso de su condición pequeñoburguesa y harto de la paranoia grandilocuente de un régimen fascista de opereta. “Pero esa copia existe. Aquí la tiene”.

Con un hábil movimiento de su mano la reina Astrid trajo desde el fondo de la pantalla un directorio que al quedar en primer plano mostró claramente su rótulo: Recetas de cocina antiguas.- “¿Le gusta la cocina gitana, ya sabe, arroz con huevos y col fermentada, sopa fría de hortalizas, carne de porcino con guarnición de verdura? Era la preferida de San Juan de Leuzen. Se hizo muy popular durante los primeros siglos de la colonia, porque la maquinaria con que levantaron la abadía y el primer reactor de fusión que utilizaron para el suministro de energía fueron transportados desde la Federación e instalados por gitanos del espacio, que montaron un campamento enorme en lo que entonces era el centro de la primitiva capital. Fíjese en este archivo”.

¡No me diga que Bulldog está aquí! ¡A la vista de todo el mundo!”.

No tanto, Mendesy. Jamás he conocido un militar que se interese por la cocina gitana. A decir verdad, no sé de ninguno que entienda de cocina. Si hubiese utilizado criptografía avanzada para esconder este archivo, los sicarios de la Junta no habrían tardado ni dos minutos en dar con él.”

Los acompañantes de la reina, que la conocían mejor, intercambiaron una breve mirada mientras el capitán Mendesy y la teniente Przikow se inclinaban estupefactos sobre la mesa de mapas. Mendesy pasó las páginas una por una. Tras las quince primeras, después de unos cuantos recuadros de texto con ingredientes y videos de bandejas bien pertrechadas, el documento adquirió de pronto el formato característico de los impresos de la flota, exhibiendo el título y el índice de contenidos del informe sobre la operación Bulldog.

El lugar perfecto para esconder algo es el más obvio”, concluyó la reina Astrid. “Cuando era niña mi padre me leyó un cuento escrito antes de que se fundara la Federación -todavía me acuerdo del titulo: La carta robada, de un poeta llamado Edgar Allen Poe– que trataba del tema. En fin, caballeros: ya tienen su copia de Bulldog. Comiencen a trabajar de inmediato, porque la emperatriz Phorenice está a punto de echársenos encima. En caso de llegar a las manos nosotros debemos ser quienes demos el primer golpe. Si le enseñamos las fauces a esa bruja impía y devoradora de niños, tal vez se lo piense dos veces antes de lanzar sus estrellas de combate contra un planeta respetable como el nuestro.”

¡A la orden, señora!”

El lunes por la tarde volveré de mi viaje de bodas. Los espero en mi despacho el martes a las ocho de la mañana.”

One Comment to “Los archivos personales de la reina”

  1. Hijo mío: en este cuento que has escrito la única vida inteligente está en las mujeres, mientras los hombres quedan como unos imbéciles integrales. ¿No temes que la Ministra de Igualdad te pueda obligar a quitarlo de tu blog por transmitir un mensaje sexista?

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