WikiLeaks contra la Esfinge

Uno de los aspectos menos comentados durante la polémica sobre revelaciones de secretos en Internet es precisamente el tremendo poder de las tecnologías 2.0, que que han hecho posible un terremoto mediático como este. Se mencionan los abusos y errores militares en Irak, la desvergüenza de una diplomacia prepotente y cotilla que Estados Unidos utiliza como red de espionaje, se especula acerca de que Julian Assange podría no ser el apostol de la libertad que muchos creen, sino tan solo un buscavidas tramposo y autoritario con amplio historial de estafas y acusado de violación en Suecia. Pero nadie habla de la novedad técnica, pequeña y aparentemente trivial, a la que además de otras creaciones más edificantes de la web 2.0 debemos este parnaso de la chismografía: la redefinición, hace ya algunos años, de un estandard para programar páginas web, que hizo posible desligar el formato de los contenidos en las páginas web y la ejecución de código -Javascript y otros lenguajes- no en el servidor, sino localmente en el navegador del usuario.

Posiblemente lo anterior les esté sonando a chino. No importa. Basta con que entiendan las implicaciones: al navegante habitual de Internet, que hasta entonces se había limitado a leer noticias o elegir entre los diferentes escaparates de la primitiva web 1.0, se le ofrece de pronto la posibilidad de convertirse en creador de contenidos. Su navegador Internet Explorer, Opera, Firefox o Chrome deja de ser una simple ventana para convertirse en una terminal de dos sentidos. El internauta comienza a escribir blogs, poblar redes sociales, colaborar on line en proyectos de software, participar en plataformas públicas, etc. De pronto puede convertirse en activista, ciberdelincuente, terrorista o dedicarse a hacer la puñeta a sus jefes. Mucha gente se pregunta de dónde sacan Julian Assange y sus informantes todos esos documentos confidenciales. He aquí la respuesta: de la red que se desligó de Internet hace muchos años con el propósito de evitar el contacto directo con toda una legión de estudiantes universitarios, aficionados y frikis que enredaban en instalaciones informáticas, y disponer asi de una infraestructura de comunicaciones independiente para conectar las instalaciones militares y legaciones diplomáticas de Estados Unidos en el mundo. Esta red sigue existiendo bajo la denominación de SIPRNet (Secret Internet Protocol Router Network). Alrededor de dos millones y medio de funcionarios del gobierno norteamericano disponen de acceso directo a ella, por lo que el potencial de goteras informativas (leaks) es aun considerable.

Ahora se entenderá por qué Obama, Cándido Conde Pumpido y muchos otros dignatarios grandes y pequeños no recuperan la placidez del sueño. Cuando menos te lo esperas aparece una noticia presentándote como colaborador en el acarreo de presos a Guantánamo. Y esto no es más que pecata minuta. ¿Qué sucederá el día en que salgan a la luz detalles relacionados con el 11-M o acuerdos secretos entre las potencias, de esos que proyectan luz sobre el verdadero origen de guerras, ajustes fronterizos o limpiezas étnicas? Dice bien el refrán: no hay enemigo pequeño. Sin embargo, quien peor sale parado en esta grotesca aventura informativa de Wikileaks no es el gobierno español por su papel como prestatario de servicios logísticos para un sistema carcelario ilegal, ni por su servilismo a la hora de mendigar audiencias ante Obama o visitas de su señora a Marbella, sino los propios Estados Unidos por el perjuicio irreparable que acaba de sufrir su reputación internacional.

Todas las embajadas funcionan como bases para operaciones de espionaje instaladas al calor de la inmunidad diplomática. Esto siempre fue asi y todo el mundo lo sabe. Pero el método, la planificación y la racionalidad con la que el coloso aprovecha en este sentido su red de legaciones -260 embajadas y consulados en 160 países- carece de precedente. Las representaciones diplomáticas estadounidenses actúan como antenas de escucha y canal de chismes maledicentes sobre jefes de estado, presidentes de gobierno, primeras damas y otros personajes significativos que pese a su crudeza consiguen transmitir una imagen fiel de la situación en el extranjero.

El shock generado por la súbita exposición a la luz de todo este infoporno va más allá del daño de imagen. Los Estados Unidos también pueden verse perjudicados en términos políticos y económicos. En la era de la información saber más que el rival es la mayor de las ventajas. Hasta la fecha Washington se limitaba a informarse y hacer un uso discrecional de su amplio conocimiento sobre el mundo exterior. Los gobernantes extranjeros, ante la incertidumbre que suponía el silencio del gobierno norteamericano, competían por conseguir su favor. Ahora ya saben más unos de otros, y también algo importante: lo que Estados Unidos piensa de ellos -por ejemplo que Angela Merkel es poco creativa y adversa al riesgo, Sarkozy un emperador desnudo, Vladimir Putin incapaz de ver más allá de sus permanentes aspiraciones de macho alfa, y Ahmadinedjad peor que Hitler-.

Lo mismo que la capacidad de seducción de Mona Lisa se basa en que no podemos ver lo que hay dentro de su boca, el poder enigmático e irresistible de la esfinge reside en que no podemos ver lo que hay dentro de su mente. Podrá ser conocedora de graves secretos o quizá tan solo una impostora, pero como nunca dice nada no hay manera de saberlo. Mas hete aquí que unos pillos, mediante un uso indebido de las tecnologías de la información, se las ingenian para obligarla a hablar hasta por los codos, largando información reservada, secretos de estado y chismorrería en cantidades industriales. Y de pronto la esfinge ha perdido su poder.

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