Los puntos débiles de WikiLeaks

Durante el fin de semana uno de mis artículos ha originado en la revista electrónica Izaronews un hilo de comentarios que para los tiempos que corren podemos considerar caudaloso. En vez de reproducir el artículo en esta bitácora, como suele ser mi costumbre, prefiero centrarme en la respuesta que dí a uno de mis amables comentaristas enumerando defectos en WikiLeaks, que pasan desapercibidos en un debate caracterizado por la polarización extrema entre partidarios y detractores de Julian Assange. En algunos medios he recibido insultos por criticar al polémico portavoz de la plataforma de revelaciones. Mi opinión es que, pese a las deficiencias del personaje, WikiLeaks tiene un gran valor en la lucha por los derechos civiles. No solo eso, también hace una aportación muy positiva a la forma de escribir la historia. En 1918 los soviets, triunfantes en Rusia, hicieron públicos todos los protocolos diplomáticos de la monarquía zarista, y el mundo descubrió que, pese a la luz eléctrica y el cine, aun se encontraba gobernado por políticos del siglo XIX. El CableGate de WikiLeaks nos revela que el mundo del siglo XXI continúa estando en manos de la paranoica y casposa diplomacia de la Guerra Fría.

WikiLeaks, como todo producto semielaborado, también tiene vicios, y con la intención no de llevar la contraria, sino de complementar el debate, quisiera hacer una breve lista de los mismos. No piensen que soy tan buen analista de riesgos. La relación está extraida de la revista alemana Chip:

  1. Neutralidad: hasta 2008 WikiLeaks mostraba una actitud de neutralidad casi completa. Fue a partir de este momento cuando Assange determinó que había que conceder prioridad a las informaciones con mayor potencial de repercusión mediática. En la actualidad resulta imposible diferenciar WikiLeaks de cualquier otro tabloide sensacionalista.
  2. Fuentes: obviamente WikiLeaks se ve obligado a proteger su anonimato. Pero, ¿existe una clasificación de fuentes? ¿Cómo sabemos que los informantes no siguen sus propias agendas ocultas y filtran solamente lo que a ellos les interesa.
  3. Financiación: WL necesita alrededor de 500.000 euros al año para mantener su actividad. Este dinero procede de donaciones voluntarias. Pero también ha habido intereses particulares que han pagado por revelar informaciones.
  4. WL como One Man Show: la plataforma está compuesta por 800 personas. Sin embargo solo vemos a Julian Assange y a los dos o tres que se han marchado para poner en marcha sus propios sitios de revelaciones. No se sabe quién decide qué documentos, en qué momento y tras cuáles operaciones de edición y tratamiento de texto se han de publicar.
  5. Gestión de errores: WL publicó informaciones equivocadas sobre presunto falseamiento de datos por parte de científicos que investigaban el calentamiento global. Como resultado de esto la reputación de los mismos se vio seriamente comprometida. WL no ha rectificado.
  6. Julian Assange: el hombre tras WL es el punto más débil de la organización. Tras los rocambolescos sucesos de Suecia, y a falta de explicaciones convincentes y diáfanas, el líder ahora intenta protegerse detrás de la plataforma, lo cual no contribuye precisamente al fortalecimiento moral de la causa.
  7. Disidentes y secuaces: Daniel Domscheit-Berg era portavoz y ahora está fuera. Se sabe muy poco no obstante de otros que bien luchan al lado de Assange o se han peleado con él debido al carácter vanidoso y autoritario del australiano.
  8. Contradicciones: los ataques contra los sitios a menudo resultaron ser accesos masivos. No hay una línea estratégica bien definida, sino que cada poco tiempo se está reinterpretando la misión del sitio. Algunas revelaciones exigen un grado de credibilidad más alto que el que el propio portal se ha ganado por sus propios méritos.
  9. Seguridad de los informadores: algunos de ellos no han podido sustraerse a las represalias al haber quedado vulnerado su anonimato. Como consecuencia de ello: carreras hundidas, gente en la cárcel y cosas peores.
  10. Transparencia: WL no se limita a divulgar sin más lo que recibe. Al margen de las necesarias medidas de precaución para proteger a las fuentes, los textos son sometidos a un trabajo de edición y comentario con arreglo a criterios que no se conocen.

Ninguna cadena es más fuerte que el más débil de sus eslabones. Un punto esencial en la argumentación de quienes defienden la figura de Julian Assange reside en que la moral de cada uno es asunto propio y no tiene que ver con su actividad pública. En realidad no resulta tan sencillo. La incompetencia moral se puede tolerar en un artista. En un hombre de negocios o un trabajador no tanto -nadie protesta contra esos empresarios que husmean en las redes sociales a la caza de deslices de sus empleados-, pero en el abanderado de una causa de interés público jamás. Esto no solo tiene que ver con los valores, sino también con la eficacia de las organizaciones, y en último grado con la diferencia entre victoria y derrota. Imaginen que el Mahatma Ghandi hubiera sido adicto al opio, o que fueran ciertas esas historias según las cuáles al Dr. Martin Luther King le gustaba llevarse las mujeres a la cama de dos en dos. La historia de la lucha por los derechos civiles habría sido distinta, y como resultado de ello, aunque parezca contradictorio, ahora viviríamos en un mundo más conservador y menos tolerante.

Asi que antes de dejarnos arrastrar por el papanatismo general, pensemos un momento en todo lo anterior y apliquémoslo al caso del controvertido chingueta australiano.

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