Archive for febrero, 2011

23/02/2011

Altavoces acoplados y retroalimentación en la Web 2.0

Después de haber presenciado dos fenómenos recientes como Wiki Leaks y los levantamientos en el Magreb ya no debería quedar nadie que piense que esto de las redes informáticas no es más que una frivolidad impulsada para nutrir la cultura popular y dar vida a los mercados de la electrónica de consumo. El año electoral en el que nos encontramos es como una especie de ensayo para el próximo, en el que se decide sobre la apertura de un nuevo ciclo político en España. Aunque no suficientemente planteado a estas alturas, a diferencia de otros que conciernen a la economía, las pensiones y la estructuración territorial del Estado, uno de los grandes interrogantes para los próximos meses será de qué modo las nuevas tecnologías influirán en las campañas políticas más. No cabe duda de que lo harán. El pásalo del 11-M, las redes de blogs socialistas que durante la era Zapatero han cumplido con diligencia su misión de transferir capilarmente a la sociedad la propaganda del gobierno, los cerditos voladores del Lehendakari López en 2009, tienen un carácter más estructural que anecdótico. Eso que llaman Web 2.0 -compuesta por los blogs, las redes sociales, el twitter y diversos entretenimientos incrustados en el navegador de Internet- no solo sirve como herramienta propagandística. También tiene potencial para cambiar la comunicación y el mismo funcionamiento de la sociedad.

La primera Internet, surgida a comienzos de los 90 del siglo pasado, tuvo un carácter estático, sin margen para la interacción, salvo el correo electrónico, FTP, los newsgroups, algunos foros y un conjunto de herramientas hoy en desuso (Gopher, Veronica, Archie) o que servían a los cibernautas experimentados para buscar información e intercambiarse archivos. Con aquellos navegadores primitivos –Mosaic, Netscape o los primeros Internet Explorer de Microsoft- podíamos saltar de unos sitios a otros siguiendo enlaces, pero no había modo de saber quiénes llegaban hasta nosotros. En aquella red, que crecía de manera incontrolada volviéndose cada vez más anárquica, y sin crear ningún valor apreciable para las empresas ni el consumidor, el único nexo vertebrador lo constituían los denominados portales y los primeros motores de búsqueda (¿Quién se acuerda de Altavista?). Todo eso cambió a comienzos del milenio gracias a la difusión masiva de innovaciones de software que hacían posible la ejecución de código en el navegador. Las páginas web ya no se traen desde un servidor, sino que se construyen dinámicamente en el momento de ser solicitadas, con todos los applets y recursos necesitados en ese momento por el usuario. De repente la economía de los enlaces se había vuelto bidireccional. Entonces no solo nació la web 2.0: cambió también la dinámica de la red. Ahora era posible la realimentación, y con ella los blogs, las redes sociales y toda esa enorme variedad de sitios que el usuario tiene hoy a su disposición para compartir contenidos, vender su privacidad a las grandes empresas de publicidad o hacer lo que le dé la gana.

Por mucho que se lea sobre el tema en los libros de gurús como Nicholas Negroponte o Douglas Rushkoff, no se entenderá lo que es la web 2.0 mientras no se tenga claro el papel determinante del feedback. La retroalimentación supone un cambio cualitativo en la dinámica de funcionamiento de los sistemas. Rompe la linealidad de los procesos, repercutiendo sensiblemente sobre nuestra capacidad para mantenerlos bajo control. Si se trata de feedback negativo, como el que hace saltar el termostato de la calefacción o intervenir a la policía en una bronca familiar a medianoche, ni tan mal. Pero la retroalimentación positiva -es decir, aquella en la que el resultado de un proceso vuelve a incorporarse al mismo como material de entrada para ser elaborado en un nuevo ciclo, y así sucesivamente- es harina de otro costal.

Todos estamos familiarizados con un molesto fenómeno que en nuestros tiempos universitarios servía como pretexto para alborotar en clase, y que hoy nos fastidia cuando tenemos que hablar en público: comenzamos nuestro speech o movemos el micrófono y de repente sale por los altavoces un zumbido insoportable. El crescendo -se trata además de un tono puro, sin timbre, muy desagradable para el oído- se produce porque el sonido que sale del altavoz vuelve a entrar en el amplificador a través del micrófono. Este es un fenómeno típico de retroalimentación. Cuando lo que intervienen no son magnitudes físicas, sino elementos de un ecosistema o seres humanos, la retroalimentación nos adentra en el enigmático imperio del caos, de las ecuaciones no lineales, de lo impredecible. De las revueltas populares y los cracks en la bolsa. Pero también de los sistemas emergentes, en el que los investigadores apenas acaban de internarse en nuestros días a través de estudios fascinantes sobre historia urbanística, inteligencia artificial, génesis de organismos pluricelulares o el desarrollo de las colonias de hormigas. La tesis principal es que la interacción entre elementos individuales que actúan impulsados por pautas simples y aplicables a escala local puede generar estructuras y órdenes de tipo superior, además de otros fenómenos difíciles de explicar, de consecuencias imprevisibles y por lo general desproporcionadas a las causas que las originaron. Esta idea es directamente transferible a la Internet de nuestros días, con sus millones de nanopublicadores, comentaristas de blogs y usuarios de redes sociales como Tuenti o Facebook.

Por si todo esto les suena demasiado abstracto, recientemente hemos asistido a un fenómeno de realimentación en la red: el revuelo causado por los insultos contra Patxi López. Todo empezó con un comunicado oficial en el que se hacía saber, de manera oficiosa, que el Lehendakari había tenido que interrumpir su programa de actividades por culpa de un cólico nefrítico. Acto seguido algunos energúmenos exteriorizan en Internet deseos de muerte y sufrimiento extremo contra el titular de Ajuria Enea. El resultado fue una bronca monumental entre los dos partidos principales de la política vasca, con intercambio de comunicados oficiales en los medios tradicionales y el inicio de un nuevo bucle en Internet: intervención de los administradores para borrar determinados comentarios que rebasan los límites de la humanidad y del buen gusto, etc. En la actualidad el asunto no ha parado de reverberar, dando vueltas entre los medios y la red como un pájaro saltando entre los palos de su jaula, y probablemente lo veamos reaparecer en la campaña electoral.

Sospecho que estos fenómenos de retroalimentación van a jugar un destacado papel de aquí a las elecciones. De hecho ya lo están haciendo: a día de hoy, ¿quién podría decir lo que hay de cierto o de exageración en todos esos temas que los partidos utilizan como armas arrojadizas para desacreditarse unos a otros? Gürtel, el Faisán, Mercasevilla, los espías de la Ertzaintza, el CNI dizque infiltrado hasta en los ascensores de Sabin Etxea, las adopciones ilegales durante el Franquismo… ¿Se trata de hechos ciertos y probados o de simples leyendas urbanas propagadas a través de las Tecnologías de la Información? Lo único que conocemos con certeza es su dinámica de retroalimentación: del papel de periódico a los blogs y las redes sociales de Internet, donde se calienta a la audiencia y se la estimula para que esté alerta ante lo que puede salir en el informativo de la noche o en los periódicos al día siguiente. Y vuelta a empezar, hasta que el ruido se hace insoportable y la megafonía deja de ser útil por saturación.

Es bueno que el consumidor de informaciones esté informado sobre el impacto mediático de las nuevas tecnologías, porque de lo contrario el mundo puede convertirse en un lugar mediáticamente molesto -más de lo que ya es, si cabe-. El volcán, aunque siga siendo peligroso, ya no nos inquieta tanto cuando conocemos algo de la geología que lo hace explotar. La próxima vez que leamos en Internet o los medios algo realmente perturbador, estemos prevenidos: puede tratarse de feedback paranoico. Ni tanto ni tan calvo. Con respecto a los políticos que quieran hacer un uso productivo de Internet en sus campañas, simplemente decir que ya no basta con poner en marcha una bitácora para hacerla funcionar como si fuera un pasquín de la Segunda República, ni crear grupos de amigos en Facebook. Eso ya lo hizo Obama, y por ser el primero pudo aprovecharse de una ventaja estratégica que no volverá a existir. Lo que se necesita no son recetas fáciles ni eventos en hoteles, sino un trabajo más serio en el campo de las redes y las Tecnologías de la Información.

De este modo la clase política, sin distinción de color ni siglas, lograría tres ventajas: primero estar preparada para las innovaciones que vayan surgiendo; segundo fortalecer su liderazgo frente a unas bases cada vez más entrenadas en el uso del ordenador, y que todavía toleran que el líder no sepa inglés, pero no que carezca de un blog; y finalmente mayor solvencia moral y capacidad para sacar al electorado de la apatía causada por el ruido de acoplamiento en los altavoces, y que únicamente beneficia a aquellos partidos cuyo peso relativo en la escena política tiende a aumentar con el voto nulo y la abstención.

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01/02/2011

Manipulación de imágenes digitales

Hace 170 años la invención del daguerrotipo originó una reflexión crucial sobre la naturaleza del arte. Si la misión del pintor no consistía en reproducir paisajes ni preservar para la posteridad el semblante de adinerados patricios –puesto que acababa de descubrirse un procedimiento mecánico para hacerlo- el talento creador quedaba libre, incluso obligado a ello por la cámara oscura, para explorar los caminos de experimentación con nuevas formas y conceptos que llevarían a toda una variedad de estilos pictóricos: realismo, impresionismo, expresionismo, surrealismo, abstracción y, finalmente, la decadencia actual del arte expresada en tomaduras de pelo à la Andy Warhol, rascacielos envueltos en celofán por el artista Christo o el propio uso de la fotografía como elemento de composición en todo tipo de instalaciones frikis dignas de juzgado de guardia. Que conste que el juicio de valor no es mío, sino de Salvador Dalí, quien hallándose en la cúspide de su carrera escribió que desde comienzos del siglo XIX el declive del arte occidental ha sido algo impresionante.

En nuestros días la tecnología digital suscita una discusión similar en torno a la naturaleza de la fotografía, pero esta vez no se trata de conceptos estéticos ni del futuro profesional de los fotógrafos que se ganan la vida haciendo reportajes de bodas, sino que tiene que ver con algo más trascendente: la búsqueda de la verdad.

Ya estamos al tanto de las perrerías que se hacen con los programas de retoque fotográfico: pirámides desplazadas de su sitio para quedar más juntas en la foto, negras humaredas que ascienden hacia el cielo tras un bombardeo sobre Beirut, pero que en la toma original no eran tan densas ni transmitían una impresión de tan intenso dramatismo, starlettes de Hollywood devueltas a la adolescencia por la magia del retoque digital… La realidad es falseada de modo sistemático no solo por periódicos y semanarios en busca de mayores tiradas, sino también por publicaciones científicas serias. No cabe duda de que uno de los grandes pecados mediáticos de nuestro tiempo es el terrorismo del Photoshop.

Anteriormente hubo manipulaciones fotográficas: basta recordar la desaparición de Trotski y otros dirigentes soviéticos de los retratos de familia de la Revolución Rusa, o la imagen de Lee Harvey Oswald, presunto asesino del presidente Kennedy, posando con su fusil Mannlicher-Carcano ante el porche de su casa en la revista Life. Pero los fotomontajes antiguos, hechos a base de negativos superpuestos y pincel, eran burdos y previsibles. Con una lupa podemos desenmascararlos. Por el contrario los fakes digitales son tremendamente realistas y a veces imposibles de detectar, salvo que se tenga un ojo entrenado o se emplee software de análisis especial. Y además están al alcance de cualquiera, merced a programas populares de retoque fotográfico como Adobe Photoshop o el gratuito GIMP e impresoras a color capaces de proporcionar imágenes de gran calidad.

Prueba de ello son las abundantes falsificaciones de billetes de banco, documentos públicos, títulos académicos y fotografías antiguas que proliferan de pocos años a esta parte y forman parte de la gama de producto ofrecida por las bandas organizadas y la economía fraudulenta de Internet. En Estados Unidos las imágenes trucadas con Photoshop se utilizan con éxito para estafar al seguro –falsas abolladuras en la chapa del automóvil- e incluso para llevar a cabo enrevesadas manipulaciones con fotografía química convencional (digitalizando el negativo mediante un scanner, alterando después la imagen con software de retoque fotográfico y obteniendo finalmente un segundo negativo). Como en tantas otras facetas de la tecnología digital, los límites los pone la imaginación del malhechor.

Si todo quedase en una picaresca de alta tecnología y delitos de guante blanco no habría motivo para la queja. Sin embargo, las herramientas digitales admiten usos más oscuros en ámbitos ya abiertamente criminales, poniendo en riesgo valores económicos, reputaciones, resultados electorales (véase en el encabezado la fotografía de John Kerry con Jane Fonda, falsificada para desacreditar al candidato demócrata a las Elecciones Presidenciales EEUU del 2004) y hasta el funcionamiento imparcial de la justicia. Aun sin alterar en Photoshop, el impacto de las imágenes en los juicios pueden ser diferentes en función de si se presentan en blanco y negro o en color, de la distorsión óptica provocada por un gran angular o incluso de algo tan aparentemente trivial como la perspectiva desde la que haya sido tomada. Por esta razón numerosos magistrados siguen planteando objeciones ante el empleo de fotografías digitales como pruebas en los procesos penales, sobre todo cuando han de ser evaluadas por un jurado popular.

A la hora de responder a la pregunta de si todavía existe un resquicio de objetividad en lo relativo a la utilización de la fotografía digital para fines informativos, científicos y legales hay que ser extremadamente cautos. Sobre todo porque a diferencia de los antiguos procesos fotoquímicos, que obedecían a una dinámica lineal de impresión de pigmentos en función de la cantidad de luz incidente, las cámaras digitales modernas aplican complejos algoritmos de software para obtener las imágenes. La foto, guardada en su correspondiente archivo JPG, PNG o de cualquier otro tipo, surge como resultado de un proceso de interpretación del color y de compresión de datos que suele ser distinto de unas máquinas a otras, y en el que inevitablemente se producen pérdidas o alteraciones en la información.

El formato RAW

La tecnología solo ofrece una respuesta: los datos “crudos” en formato RAW, es decir, los que se generan a partir de los impulsos luminosos captados por el CCD durante la toma fotográfica, recogidos en un archivo y no procesados por el motor de software de la cámara. La información correspondiente a cualquier proceso posterior (mejoras de color, optimización del contraste, eliminación de ruido, correcciones de desenfoque) no se integra al archivo RAW, sino que se guarda en bloques aparte –archivos sidecar-, con lo cual una imagen RAW resulta lo más parecido a un negativo fotográfico tradicional. En caso de duda siempre se podrá desandar el camino y volver sobre la prueba original e inalterada.

¿Inconvenientes? El enorme tamaño de los archivos RAW (Hasta diez veces más que una imagen JPG) y el mayor tiempo que se requiere para sacar la fotografía puede que no supongan un problema gracias al avance de la tecnología y a capacidades de almacenamiento cada vez mayores. Sí lo es en cambio la variedad de formatos RAW. La mayor parte de ellos son propietarios, y cada marca de cámara digital tiene el suyo. Por si fuera poco los diferentes programas de retoque fotográfico no incluyen soporte para todos los modelos de cámara, aunque la aparición de formatos RAW standard representa una ayuda considerable en este sentido. Gracias a los archivos DNG de Adobe, por ejemplo, las imágenes RAW obtenidas con cualquier cámara seguirán estando disponibles aun mucho después de haberse dejado de fabricar el modelo correspondiente.

Conocer esto no solo es útil para hacernos una idea de dónde están los límites de la objetividad en la fotografía digital, sino para mejorar la calidad del trabajo de quienes utilizan medios tecnológicos de apoyo para actividades relacionadas con la documentación de procesos informativos de calidad: peritos judiciales, agentes de policía, periodistas, científicos e investigadores de todo tipo. En todas estas profesiones el principal reto no está en seguir el ritmo del progreso, sino en aplicar el respectivo catálogo de buenas prácticas y ser capaces de mantener el rumbo en la búsqueda de la verdad.