Manipulación de imágenes digitales

Hace 170 años la invención del daguerrotipo originó una reflexión crucial sobre la naturaleza del arte. Si la misión del pintor no consistía en reproducir paisajes ni preservar para la posteridad el semblante de adinerados patricios –puesto que acababa de descubrirse un procedimiento mecánico para hacerlo- el talento creador quedaba libre, incluso obligado a ello por la cámara oscura, para explorar los caminos de experimentación con nuevas formas y conceptos que llevarían a toda una variedad de estilos pictóricos: realismo, impresionismo, expresionismo, surrealismo, abstracción y, finalmente, la decadencia actual del arte expresada en tomaduras de pelo à la Andy Warhol, rascacielos envueltos en celofán por el artista Christo o el propio uso de la fotografía como elemento de composición en todo tipo de instalaciones frikis dignas de juzgado de guardia. Que conste que el juicio de valor no es mío, sino de Salvador Dalí, quien hallándose en la cúspide de su carrera escribió que desde comienzos del siglo XIX el declive del arte occidental ha sido algo impresionante.

En nuestros días la tecnología digital suscita una discusión similar en torno a la naturaleza de la fotografía, pero esta vez no se trata de conceptos estéticos ni del futuro profesional de los fotógrafos que se ganan la vida haciendo reportajes de bodas, sino que tiene que ver con algo más trascendente: la búsqueda de la verdad.

Ya estamos al tanto de las perrerías que se hacen con los programas de retoque fotográfico: pirámides desplazadas de su sitio para quedar más juntas en la foto, negras humaredas que ascienden hacia el cielo tras un bombardeo sobre Beirut, pero que en la toma original no eran tan densas ni transmitían una impresión de tan intenso dramatismo, starlettes de Hollywood devueltas a la adolescencia por la magia del retoque digital… La realidad es falseada de modo sistemático no solo por periódicos y semanarios en busca de mayores tiradas, sino también por publicaciones científicas serias. No cabe duda de que uno de los grandes pecados mediáticos de nuestro tiempo es el terrorismo del Photoshop.

Anteriormente hubo manipulaciones fotográficas: basta recordar la desaparición de Trotski y otros dirigentes soviéticos de los retratos de familia de la Revolución Rusa, o la imagen de Lee Harvey Oswald, presunto asesino del presidente Kennedy, posando con su fusil Mannlicher-Carcano ante el porche de su casa en la revista Life. Pero los fotomontajes antiguos, hechos a base de negativos superpuestos y pincel, eran burdos y previsibles. Con una lupa podemos desenmascararlos. Por el contrario los fakes digitales son tremendamente realistas y a veces imposibles de detectar, salvo que se tenga un ojo entrenado o se emplee software de análisis especial. Y además están al alcance de cualquiera, merced a programas populares de retoque fotográfico como Adobe Photoshop o el gratuito GIMP e impresoras a color capaces de proporcionar imágenes de gran calidad.

Prueba de ello son las abundantes falsificaciones de billetes de banco, documentos públicos, títulos académicos y fotografías antiguas que proliferan de pocos años a esta parte y forman parte de la gama de producto ofrecida por las bandas organizadas y la economía fraudulenta de Internet. En Estados Unidos las imágenes trucadas con Photoshop se utilizan con éxito para estafar al seguro –falsas abolladuras en la chapa del automóvil- e incluso para llevar a cabo enrevesadas manipulaciones con fotografía química convencional (digitalizando el negativo mediante un scanner, alterando después la imagen con software de retoque fotográfico y obteniendo finalmente un segundo negativo). Como en tantas otras facetas de la tecnología digital, los límites los pone la imaginación del malhechor.

Si todo quedase en una picaresca de alta tecnología y delitos de guante blanco no habría motivo para la queja. Sin embargo, las herramientas digitales admiten usos más oscuros en ámbitos ya abiertamente criminales, poniendo en riesgo valores económicos, reputaciones, resultados electorales (véase en el encabezado la fotografía de John Kerry con Jane Fonda, falsificada para desacreditar al candidato demócrata a las Elecciones Presidenciales EEUU del 2004) y hasta el funcionamiento imparcial de la justicia. Aun sin alterar en Photoshop, el impacto de las imágenes en los juicios pueden ser diferentes en función de si se presentan en blanco y negro o en color, de la distorsión óptica provocada por un gran angular o incluso de algo tan aparentemente trivial como la perspectiva desde la que haya sido tomada. Por esta razón numerosos magistrados siguen planteando objeciones ante el empleo de fotografías digitales como pruebas en los procesos penales, sobre todo cuando han de ser evaluadas por un jurado popular.

A la hora de responder a la pregunta de si todavía existe un resquicio de objetividad en lo relativo a la utilización de la fotografía digital para fines informativos, científicos y legales hay que ser extremadamente cautos. Sobre todo porque a diferencia de los antiguos procesos fotoquímicos, que obedecían a una dinámica lineal de impresión de pigmentos en función de la cantidad de luz incidente, las cámaras digitales modernas aplican complejos algoritmos de software para obtener las imágenes. La foto, guardada en su correspondiente archivo JPG, PNG o de cualquier otro tipo, surge como resultado de un proceso de interpretación del color y de compresión de datos que suele ser distinto de unas máquinas a otras, y en el que inevitablemente se producen pérdidas o alteraciones en la información.

El formato RAW

La tecnología solo ofrece una respuesta: los datos “crudos” en formato RAW, es decir, los que se generan a partir de los impulsos luminosos captados por el CCD durante la toma fotográfica, recogidos en un archivo y no procesados por el motor de software de la cámara. La información correspondiente a cualquier proceso posterior (mejoras de color, optimización del contraste, eliminación de ruido, correcciones de desenfoque) no se integra al archivo RAW, sino que se guarda en bloques aparte –archivos sidecar-, con lo cual una imagen RAW resulta lo más parecido a un negativo fotográfico tradicional. En caso de duda siempre se podrá desandar el camino y volver sobre la prueba original e inalterada.

¿Inconvenientes? El enorme tamaño de los archivos RAW (Hasta diez veces más que una imagen JPG) y el mayor tiempo que se requiere para sacar la fotografía puede que no supongan un problema gracias al avance de la tecnología y a capacidades de almacenamiento cada vez mayores. Sí lo es en cambio la variedad de formatos RAW. La mayor parte de ellos son propietarios, y cada marca de cámara digital tiene el suyo. Por si fuera poco los diferentes programas de retoque fotográfico no incluyen soporte para todos los modelos de cámara, aunque la aparición de formatos RAW standard representa una ayuda considerable en este sentido. Gracias a los archivos DNG de Adobe, por ejemplo, las imágenes RAW obtenidas con cualquier cámara seguirán estando disponibles aun mucho después de haberse dejado de fabricar el modelo correspondiente.

Conocer esto no solo es útil para hacernos una idea de dónde están los límites de la objetividad en la fotografía digital, sino para mejorar la calidad del trabajo de quienes utilizan medios tecnológicos de apoyo para actividades relacionadas con la documentación de procesos informativos de calidad: peritos judiciales, agentes de policía, periodistas, científicos e investigadores de todo tipo. En todas estas profesiones el principal reto no está en seguir el ritmo del progreso, sino en aplicar el respectivo catálogo de buenas prácticas y ser capaces de mantener el rumbo en la búsqueda de la verdad.

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