Tecnología obsoleta

Ayer tuve que solucionar una incidencia con una página web del Gobierno Vasco y me encontré con que para ello era necesario enviar un fax a un número determinado. La Administración, que no escatima esfuerzos para presentarse a sí misma como impulsora de innovación y nuevas tecnologías, aun se sirve para determinados fines operativos de esta tecnología obsoleta basada en la línea telefónica y el papel. Sus razones tendrá, asi que de momento nadie se extrañe ni ponga el grito en el cielo.

El problema está en que no dispongo de ningún aparato de fax en la oficina. Hace tres meses lo retiré porque llevaba más de dos años sin tener que usarlo. Lo único que hacía era ocupar espacio y expulsar publicidad no deseada de agencias de cobro, y supongo que esta situación es también habitual en la mayor parte de los puestos de trabajo -salvo, naturalmente, los del sector público-. Hoy se utiliza el correo electrónico para casi todo. De manera que tuve que recorrer el edificio en busca de alguien que tuviese una de estos irritantes y antiecológicos trastos que hasta hace no mucho constituyeron la columna vertebral de todo el sistema de comunicaciones empresariales, y que en la actualidad llevan camino de convertirse en piezas de museo.

Una compañera de trabajo tiene todavía en su despacho un dispositivo multifunción del tipo Brother 1360 y lo utiliza tan poco como yo. De hecho su becaria, que se encargó de atenderme. no se ha servido de él ni una sola vez en los seis meses que lleva trabajando en la empresa. Y aquí nos encontramos con el segundo problema, porque manejar un fax no es tan fácil como parece. ¿Cómo sabemos si en este modelo de esta marca el papel hay que meterlo boca abajo o boca arriba? Y una vez hecho esto, ¿hay que pulsar la tecla de Inicio o la de EXE? Como era previsible, el manual de instrucciones estaba también traspapelado.

Afortunadamente Internet vino en nuestro auxilio. No costó mucho encontrar una guía de usuario en PDF del cacharro en cuestión, y de este modo, después de un largo rodeo por los pasillos de un bloque de oficinas y otro algo más corto por la red mundial, pude mandar mi fax a las dependencias del Gobierno Vasco y llevarme de vuelta el informe de recepción grapado con al original. Fue como en los viejos tiempos.

La supervivencia del fax, que responde más a razones legales que psicológicas o de nostalgia, es un tema de cierto interés que halla su eco en este artículo de Menéame.

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