¿A quién pertenece Internet?

Desde la perspectiva de un usuario que durante los últimos años se ha acostumbrado a lanzar tuits a discreción, publicar en blogs, buscar algo de desahogo en Facebook, exhibirse en Flickr, bajarse series eteras de televisión de la difunta Megaupload y compartir archivos sin restricciones mediante eMule, Bittorrent y otros sistemas P2P, a tal pregunta no cabe otra respuesta que esta: naturalmente Internet pertenece al pueblo soberano. Para defenderla se va a las barricadas digitales y a donde haga falta. Escuchamos el mismo grito de guerra cada vez que detienen a un soldado por filtrar documentación reservada, o un chingueta australiano es acorralado en una legación diplomática por causas poco claras, que no se sabe si tienen que ver con la libertad de expresión, la Ley de Enjuiciamiento Penal o simplemente haber decepcionado las expectativas sentimentales de dos suecas bastante bobas. Y de la misma, ay del directivo de Telefónica que se atreva a cuestionar el Principio de Neutralidad. Entonces no es que llegue a correr la sangre por las calles, pero sí torrentes de tinta digital.

Moralmente puede que el usuario tenga razón. Pero el realismo político le contradice: Internet no pertenece del todo a los usuarios, y lo que es más importante, tampoco es controlada por ellos. Si esto no se percibe claramente es por la transparencia de la infraestructura de comunicaciones que la hace posible como fenómeno social y de cultura popular. Al igual que el paradigmático “hombre masa” de Ortega y Gasset (y créanme que lamento tener que hablar en estos términos tan crudos y aparentemente antidemocráticos, pero es la verdad), el cibernauta de a pie, en cuanto enciende su ordenador, da por supuesto que se ha conectado directamente con la página principal de Google, su grupo de amigos de Tuenti o el servidor de Amazon. No valora nada más que su propia conveniencia. Interpreta que los adelantos de la técnica están ahí porque sí y no porque alguien se haya tomado el trabajo de crearlos. Más o menos como las bayas silvestres de un arbusto que uno se encuentra yendo de paseo por el campo. El servicio de Internet y el derecho a una conexión sin límites es simplemente algo que se le debe y por lo que en cualquier caso ya ha pagado de sobra a través de la factura telefónica.

Ni se le ocurre pensar que justo al lado de la ventana, donde se encuentra el cajetín de Telefónica al cual tiene enchufado su router ADSL, comienza un entramado de dispositivos y sistemas que tiene más de un siglo de ingeniería a sus espaldas y cuyo mantenimiento cuesta miles de millones de euros. Hablamos de las Redes de Area Extensa, la famosa WAN. Muchas de estas tecnologías no tienen nada que ver con los estándares de Internet. En la WAN no hallaremos por ningún lado al protocolo TCP/IP que figura en todos los primeros capítulos de cualquier manual del ciberactivista. El transporte de paquetes de datos de unas redes a otras se lleva a cabo por medio de tecnologías como ATM, MPLS, o a través de enlaces Gigabit Ethernet, cables de fibra óptica, tendidos eléctricos, guías de ondas y cualesquiera otros artilugios que el ingenio humano llegue a concebir. Y da la casualidad de que las compañías telefónicas son las que han construido, gestionan y tienen la responsabilidad de adaptarlas a los requerimientos de un tráfico que crece de manera exponencial de año en año. Los gobiernos apoyan a estas grandes empresas y las dejan hacer por razones obvias: gracias a ellas se mantiene el entramado de telecomunicaciones sobre el cual se sostiene la civilización moderna.

De modo que la próxima vez que notemos actividad revolucionaria en Twitter o salgan llamas de las páginas web de cualquier activista vocinglero -da lo mismo si desde la progresía o desde la reacción-, debemos reflexionar sobre este simple hecho: el principio de neutralidad, como norma absoluta, no tiene mucho futuro en un mundo en el que tarde o temprano habrá que tomar en consideración los intereses de las grandes compañías de telecomunicaciones. Si estas son las que hacen posible la existencia de Internet y además quienes por eso mismo la controlan, tarde o temprano habrá que admitir la posibilidad de un compromiso, dejándoles que prioricen determinadas modalidades de tráfico para fines comerciales -video, juegos, realidad aumentada o lo que sea- a cambio de mantener abierta, operativa y en perfectas condiciones técnicas la infraestructura que hace posible la existencia de una red de redes. No hablar de esto sería engañar a los cibernautas.

4 comentarios to “¿A quién pertenece Internet?”

  1. ee no se si sea lo que estoy buscando

  2. si me sirbio que vacanooooooooooo jajajajajja felicitaciones a quien lo hisooooooooooo wouuuuuuuuuuuuuu

  3. un saludes a mi mama sol a mi hermanita hilla y a todas mi family muakkkkkkkkkkk

  4. que las quiero muchooooooooooooooooooooooooooooooooo

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