Posts tagged ‘der spiegel’

31/01/2010

El fin de la privacidad

Demoledor artículo el que publica la revista alemana “Der Spiegel” en su segundo número del 2010 (2/11.1.10), en el que bajo el título “La empresa que sabe de usted más que usted mismo” pasa revista a las causas que pueden convertir a Google en protagonista de conflictos con empresas, gobiernos y sus propios usuarios. Google Books y su pretensión de digitalizar todos los libros del mundo traerá problemas con las editoriales. El desarrollo de innovaciones como Google Earth, Google Street, el navegador Chrome e incluso un teléfono móvil propio harán que otros se pongan a temblar por el futuro de los negocios. El ciudadano de a pie pasa un buen rato contemplando el espectáculo, tal vez con la idea -no pocas veces erronea- de que la lucha a muerte entre el Tiranosaurus Rex y el Triceratops supone algún tipo de ventaja para lemures, ornitorrincos y otros bichejos del comun: más donde elegir, mejores productos, mayor comodidad en la búsqueda de información y menos gasto en telecomunicaciones. Que se fastidien los fabricantes de GPS si es designio del olimpo tecnológico que el teléfono móvil o el iPhone incorporen de serie esa misma funcionalidad.

Mientras las grandes empresas -Barnes & Noble, Nokia, Microsoft- y los gobiernos convocan asesores jurídicos, el hombre de la calle es poco consciente de la medida en que el progreso tecnológico afecta a sus propios intereses. Ciertamente si Google se ha vuelto imprescindible para navegar por Internet no es porque alguien lo haya impuesto. Fue el pueblo quien lo aceptó, votando con sus ratones y teclados. Un modelo de negocio basado en informaciones publicitarias discretas y específicas, que aparecen en el margen derecho de la pantalla durante las consultas que hace el usuario, es útil, amable y no contaminante. Si alguien quiere enlaces sobre fotografía digital, ¿qué hay de malo en ofrecerle también anuncios sobre cámaras, seleccionados en función de la consulta y un historial de búsquedas previas? El problema está cuando nos podemos a pensar en cómo puede saber Google -una simple máquina- que tengo una Panasonic Lumix LX2, para acto seguido recomendarme el modelo superior con avances que me permiten sacar unos verdes más saturados, tipo película Fujichrome, de mis entornos favoritos de turismo rural, como por ejemplo la campiña segoviana.

Google es una empresa formada por especialistas que se han convertido en obsesos del procesamiento de datos. Nadie sabe lo que se hace aquí con la información suministrada por los usuarios, pero si de vez en cuando arrojaran un poco de luz sobre este asunto contribuirían al bien público en mayor medida que mediante el desarrollo de todas esas novedosas herramientas como Chrome, Wave o el Google Phone que, en el fondo, no son más que un banal pasatiempo. El próximo tsunami innovador tiene que ver con el sentido de la vista. Para entenderlo, mejor poner como ejemplo algunas situaciones hipotéticas pero del todo plausibles.

Un miércoles por la noche el editor norteamericano Tim O’Reilly sale con su señora al porche de su casa y enfoca el teléfono móvil hacia el cielo estrellado. Gracias al GPS  y un sensor de posición en la pantalla van saliendo los astros con etiquetas amarillas que indican sus nombres. Esposa boquiabierta. Marido no menos. Ideal para aprender astronomía, ¿no? Otra: salida nocturna en una gran ciudad. Qué rollo. ¿A dónde vamos? Asi que iPhone en mano buscando twitters emitidos en el vecindario. Gran número de ellos vienen de un club en las cercanías, con mucho ambiente, otros de un tugurio donde se organizan peleas ilegales de gallos. Lo echamos a cara o cruz. La misma ciudad un poco más tarde. Chico en la disco a las 2 de la mañana. Entra universitaria anónima, morena despampanante que va haciendo que los iPaqs se cuelguen a su paso. Pero nuestro pisaverde lleva un iPhone. Enfoca con él a la mina y le saca una foto. Google busca el rostro en una base de datos compuesta por miles de millones de imágenes y encuentra el perfil de la chica en Facebook: cómo se llama, dónde vive, qué estudia, y finalmente lo más importante: cuál es su número de móvil.

El primer ejemplo es real: sucedió un miércoles por la noche a comienzos de este mismo año. El segundo está en fase experimental, y el tercero llegará muy pronto. Asi que mucho cuidado con Google. Merece la bendición del Papa y no podemos vivir sin él, pero no debemos olvidar que es un kraken de la Sociedad de la Información. Sabe más sobre tí que tú mismo. Ahora mismo una parte de tí está dentro de sus bases de datos. Conviene reflexionar sobre el tema. Como empresa Google es sin duda uno de los proyectos más fascinantes que se haya emprendido jamás. Pero también ha puesto en marcha un proceso masivo de destrucción de la privacidad que no se sabe hasta donde puede llegar. Rebasa la potestad normativa de los estados y el poder de las grandes multinacionales. Cuando estés distraido con tu iPhone en el metro, moviendo iconos con cara de alelado, dedica un par de minutos a reflexionar sobre esto: ¿no es hora de que el ciudadano deje de pensar en juguetes y lo haga en cómo reclamar una mayor capacidad de decidir sobre sus propios datos, que son los que en último grado han hecho posible esta revolución de las nuevas tecnologías?

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01/09/2009

Nuevas fuentes del derecho

vigilame2

Probablemente estas son las frases más acertadas que se hayan escrito jamás en el debate sobre el control político de las redes de telecomunicaciones:

“Ante todo es preciso superar un bloqueo mental: hasta la fecha ley y orden no parecían imaginables sin el estado. Y una renuncia a los mecanismos tradicionales de la soberanía estatal en la sociedad de las redes puede conducir al caos.”

Este, y no la pugna comercial en torno a los derechos de autor, ni la seguridad ciudadana, ni el proteccionismo cultural, es el centro de gravedad de la lucha por la red. Para saber de qué estamos hablando, he aquí un ejemplo procedente de la misma revista (Der Spiegel – Semana 33/2009) que publica el citado párrafo. Como sabemos, la posesión de un dominio de Internet constituye el salvoconducto de una persona, empresa u organismo administrativo para hacer visible su presencia en la red mundial. Los conflictos jurídicos relacionados con dominios actúan como catalizadores en la génesis de lo que podríamos denominar el borrador de una “constitución digital.”

La petrolera TotalFinaElf demandó a Greenpeace por usurpación de nombre en la página oil-of-elf.de, utilizada por ecologistas alemanes para polemizar contra la multinacional. La Audiencia de Berlín resolvió el caso aplicando leyes locales que prohibían a Greenpeace el empleo del dominio por abuso de la denominación comercial del gigante petroquímico. Sin embargo, la instancia inmediatamente superior falló a favor de Greenpeace al entender que el principio constitucional de la libertad de expresión tiene prioridad sobre el derecho de marcas.

Puesto que el secuestro de dominios se utiliza con frecuencia como arma para influir en la opinión pública, y en todo el mundo hay un ejército de abogados luchando contra esta forma de piratería, resultaba inevitable que ICANN, el organismo encargado de la asignación de nombres de dominio y rangos numéricos en Internet, interviniera en esta y otras disputas, constituyéndose en una especie de tribunal arbitral de la red. Este fue el dictamen de los guardianes del ciberespacio:

“Internet es principalmente un instrumento de comunicación global; su derecho se cimenta en la libertad de la palabra.”

La libertad es lo primero. Ningún tratado internacional, ni la Declaración de Derechos Humanos, ni la Ley Divina han sido citadas por los juristas de ICANN para emitir su veredicto. Lo escribieron sin más. Porque alguien, en última instancia, tenía que tomar la decisión. Hace años en la universidad aprendíamos que las fuentes del derecho son la ley, la costumbre y los principios fundamentales del derecho. La situación ha variado, y es en este cambio donde se encuentra el auténtico nudo gordiano de la era digital, con todos sus interrogantes del tipo: ¿quién manda en Internet? ¿qué está permitido y qué no? ¿deben existir organismos reguladores, guardianes, normativas, censura…?

Derecho sin estado: probablemente la red global es la primera estructura capaz de reemplazar el concierto internacional de unos estados en busca de consenso. Da la impresión de que el estado nacional ha entrado en una nueva etapa histórica caracterizada por la pérdida del monopolio legislativo, en la que se verá obligado a adaptarse a entornos nuevos, definidos por la actuación de una variedad de agentes que comprende no solo entes reguladores privados como ICANN, sino también ONGs, organismos internacionales, asociaciones políticas, etc.

05/08/2009

Pánico en la cabina

cockpitEn su edición del 27 de julio (Nr. 31/2009) la revista alemana “Der Spiegel” publica un artículo que además de invitar a la reflexión sobre la fragilidad de la vida humana y la relación hombre-máquina,puede también arrojar alguna claridad sobre algunos de los más espectaculares y horrendos accidentes aéreos de los últimos tiempos. En el caso del AF447 de Air France, siniestrado sobre el Atlántico con 230 personas a bordo, ¿fueron algunos componentes electromecánicos, como el sensor de velocidad, los que fallaron, o pudo deberse la catástrofe a un mal funcionamiento de los ordenadores de a bordo, similar al detectado en otros aviones de Airbus, como en el vuelo QF 72 de la compañía australiana Qantas el pasado 7 de octubre de 2008? En cualquier circunstancia se trata de la misma máquina: un Airbus A330.

El avión australiano volaba desde Singapur a Perth en condiciones de absoluta normalidad cuando repentinamente el piloto automático se desconectó y el aparato comenzó a experimentar una avalancha de anomalías como las que tal vez ocho meses más tarde provocarían la caída sobre el océano del AF447, y de las cuales se pudo captar un registro fragmentario en los ordenadores de control de París y Toulouse: códigos de alarma en ráfaga, exceso de velocidad, caída en barrena. Durante unos segundos que pudieron resultar trágicos los pilotos perdieron por completo el control del avión, en una pesadilla que se repitió al cabo de varios minutos. Al final la máquina pudo aterrizar en Perth con 115 heridos en el pasaje, 12 de ellos graves.

Hasta la fecha no se ha podido averiguar lo que sucedió en el ordenador de a bordo. El incidente ha reactivado la polémica en torno a la tecnificación de las cabinas y su relación con la seguridad de vuelo, tema recurrente en la industria aeronáutica desde que en los años 80 la clásica columna de dirección en forma de manillar comenzó a ser reemplazada por un nuevo concepto denominado “flying by wire“, en el cual el piloto actúa sobre las superficies de control aerodinámicas no de manera directa tirando de cables de acero o proporcional a través de servomecanismos, sino indirectamente, con un ordenador que recoge los impulsos transmitidos por el brazo y los traduce a movimientos mecánicos del timón, los alerones, el empenaje de cola y los flaps.

El triunfo del “flying by wire”, junto con la incorporación masiva de la informática a los aviones de línea, es lo que ha dado a las cabinas Airbus su aspecto actual, con una especie de joystick como los que se utilizan para los juegos de ordenador, desde el cual el piloto dirige el avión. El control está cada vez más en manos de los ordenadores y menos en las del ser humano. El avión ya no es esa máquina romántica y traquetante con la que unos individuos con chupas de cuero, gorras con orejeras y gafas protectoras sobrevolaban cordilleras agrestes con las ventanillas cubiertas de hielo, sino una especie de cyborg volante, con climatización artificial y tapizado de pantallas, en el que no se sabe bien dónde acaban las neuronas humanas y comienzan los circuitos impresos. Las ventajas de esta tendencia son incontrovertibles, para empezar una mayor seguridad de vuelo. Los expertos aseguran, respaldados por las estadísticas de accidentes aéreos, que lo más peligroso de ir en avión es el viaje en coche hasta el aeropuerto.

Sin embargo la sobrecarga de tecnología en la cabina también plantea inconvenientes. Presa de temores luditas que le acechan desde los inicios de la Revolución Industrial, el hombre se resiste a ceder el control a la máquina. Bueno está que en caso de que el piloto mueva el joystick a un lado y el copiloto al contrario los movimientos se compensen automáticamente y el rumbo del avión quede como está. También que cuando uno de ellos por error aplique una fuerza excesiva al bastón, el ordenador reinterprete los impulsos en función de parámetros de seguridad estrictos, llevando el avión solamente hasta el límite de sus posibilidades de maniobra sin dejar que pierda estabilidad.

Pero, ¿qué hay de aquellas situaciones, inevitables en todo sistema informático como resultado de defectos en la programación o incidencias imprevisibles, en las que el ordenador se engaña con respecto a las circunstancias reales y actúa mecánicamente configurando un funcionamiento inadecuado del avión. Por ejemplo, cuando por alguna emergencia necesita volver a levantar el vuelo después de haber tocado la pista, pero el contacto de una rueda con el firme hace que el ordenador, creyendo que la máquina ya está en tierra, repliega automáticamente los flaps y reduce el empuje de los motores.

Todo avión moderno lleva como mínimo tres ordenadores de a bordo, con sistemas operativos y software diferentes para minimizar la probabilidad de fallo, sin contar los innumerables dispositivos basados en microprocesador que lo controlan todo, incluyendo funciones tan triviales como los pestillos de cierre interior de los cuartos de baño. A pesar de todo, hechos inesperados como una descarga de partículas alfa procedente del espacio galáctico puede alterar el funcionamiento de los circuitos. La tragedia puede incluso comenzar por algo tan absurdo como un muelle defectuoso dentro de un interruptor de plástico que obliga a uno de los ordenadores a reiniciar una y otra vez, arrastrando a los demás en una esquizofrenia de datos mal interpretados.

Uno de los factores que favorecen la incorporación del ordenador al avión es indudablemente económico. En una época de expansión del tráfico aéreo y de las líneas comerciales en todo el mundo no hay manera de conseguir los profesionales suficientes, a no ser que se acorte su período de instrucción. Las cabinas informatizadas, sin embargo, no solo reducen la experiencia del piloto al necesitarse menos horas de vuelo para aprender a llevar un avión actual. También suponen un obstáculo que impide aprovechar el talento creativo y la capacidad decisoria del ser humano en situaciones límite.

La polémica termina aquí: en términos de seguridad la automatización compensa con creces el malestar producido por la cesión de poder a las máquinas. Y si a usted no le gusta esto, haga como un servidor: no vuele, a no ser que no le quede otra opción. Consuélese con el hecho de que estos problemas están generando un debate muy interesante, y seguramente prometedor, en torno a un nuevo tema: cómo mejorar la interacción hombre-ordenador en una época en la que nos estamos dando cuenta de que la Humanidad cruzó ya hace tiempo el Rubicón de la Alta Tecnología. Como escribió Isaac Asimov al final de una de sus novelas sobre robots: “a partir de ahora, solo las máquinas serán inevitables”.