Posts tagged ‘julian assange’

30/08/2012

¿A quién pertenece Internet?

Desde la perspectiva de un usuario que durante los últimos años se ha acostumbrado a lanzar tuits a discreción, publicar en blogs, buscar algo de desahogo en Facebook, exhibirse en Flickr, bajarse series eteras de televisión de la difunta Megaupload y compartir archivos sin restricciones mediante eMule, Bittorrent y otros sistemas P2P, a tal pregunta no cabe otra respuesta que esta: naturalmente Internet pertenece al pueblo soberano. Para defenderla se va a las barricadas digitales y a donde haga falta. Escuchamos el mismo grito de guerra cada vez que detienen a un soldado por filtrar documentación reservada, o un chingueta australiano es acorralado en una legación diplomática por causas poco claras, que no se sabe si tienen que ver con la libertad de expresión, la Ley de Enjuiciamiento Penal o simplemente haber decepcionado las expectativas sentimentales de dos suecas bastante bobas. Y de la misma, ay del directivo de Telefónica que se atreva a cuestionar el Principio de Neutralidad. Entonces no es que llegue a correr la sangre por las calles, pero sí torrentes de tinta digital.

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13/12/2010

Los puntos débiles de WikiLeaks

Durante el fin de semana uno de mis artículos ha originado en la revista electrónica Izaronews un hilo de comentarios que para los tiempos que corren podemos considerar caudaloso. En vez de reproducir el artículo en esta bitácora, como suele ser mi costumbre, prefiero centrarme en la respuesta que dí a uno de mis amables comentaristas enumerando defectos en WikiLeaks, que pasan desapercibidos en un debate caracterizado por la polarización extrema entre partidarios y detractores de Julian Assange. En algunos medios he recibido insultos por criticar al polémico portavoz de la plataforma de revelaciones. Mi opinión es que, pese a las deficiencias del personaje, WikiLeaks tiene un gran valor en la lucha por los derechos civiles. No solo eso, también hace una aportación muy positiva a la forma de escribir la historia. En 1918 los soviets, triunfantes en Rusia, hicieron públicos todos los protocolos diplomáticos de la monarquía zarista, y el mundo descubrió que, pese a la luz eléctrica y el cine, aun se encontraba gobernado por políticos del siglo XIX. El CableGate de WikiLeaks nos revela que el mundo del siglo XXI continúa estando en manos de la paranoica y casposa diplomacia de la Guerra Fría.

WikiLeaks, como todo producto semielaborado, también tiene vicios, y con la intención no de llevar la contraria, sino de complementar el debate, quisiera hacer una breve lista de los mismos. No piensen que soy tan buen analista de riesgos. La relación está extraida de la revista alemana Chip:

  1. Neutralidad: hasta 2008 WikiLeaks mostraba una actitud de neutralidad casi completa. Fue a partir de este momento cuando Assange determinó que había que conceder prioridad a las informaciones con mayor potencial de repercusión mediática. En la actualidad resulta imposible diferenciar WikiLeaks de cualquier otro tabloide sensacionalista.
  2. Fuentes: obviamente WikiLeaks se ve obligado a proteger su anonimato. Pero, ¿existe una clasificación de fuentes? ¿Cómo sabemos que los informantes no siguen sus propias agendas ocultas y filtran solamente lo que a ellos les interesa.
  3. Financiación: WL necesita alrededor de 500.000 euros al año para mantener su actividad. Este dinero procede de donaciones voluntarias. Pero también ha habido intereses particulares que han pagado por revelar informaciones.
  4. WL como One Man Show: la plataforma está compuesta por 800 personas. Sin embargo solo vemos a Julian Assange y a los dos o tres que se han marchado para poner en marcha sus propios sitios de revelaciones. No se sabe quién decide qué documentos, en qué momento y tras cuáles operaciones de edición y tratamiento de texto se han de publicar.
  5. Gestión de errores: WL publicó informaciones equivocadas sobre presunto falseamiento de datos por parte de científicos que investigaban el calentamiento global. Como resultado de esto la reputación de los mismos se vio seriamente comprometida. WL no ha rectificado.
  6. Julian Assange: el hombre tras WL es el punto más débil de la organización. Tras los rocambolescos sucesos de Suecia, y a falta de explicaciones convincentes y diáfanas, el líder ahora intenta protegerse detrás de la plataforma, lo cual no contribuye precisamente al fortalecimiento moral de la causa.
  7. Disidentes y secuaces: Daniel Domscheit-Berg era portavoz y ahora está fuera. Se sabe muy poco no obstante de otros que bien luchan al lado de Assange o se han peleado con él debido al carácter vanidoso y autoritario del australiano.
  8. Contradicciones: los ataques contra los sitios a menudo resultaron ser accesos masivos. No hay una línea estratégica bien definida, sino que cada poco tiempo se está reinterpretando la misión del sitio. Algunas revelaciones exigen un grado de credibilidad más alto que el que el propio portal se ha ganado por sus propios méritos.
  9. Seguridad de los informadores: algunos de ellos no han podido sustraerse a las represalias al haber quedado vulnerado su anonimato. Como consecuencia de ello: carreras hundidas, gente en la cárcel y cosas peores.
  10. Transparencia: WL no se limita a divulgar sin más lo que recibe. Al margen de las necesarias medidas de precaución para proteger a las fuentes, los textos son sometidos a un trabajo de edición y comentario con arreglo a criterios que no se conocen.

Ninguna cadena es más fuerte que el más débil de sus eslabones. Un punto esencial en la argumentación de quienes defienden la figura de Julian Assange reside en que la moral de cada uno es asunto propio y no tiene que ver con su actividad pública. En realidad no resulta tan sencillo. La incompetencia moral se puede tolerar en un artista. En un hombre de negocios o un trabajador no tanto -nadie protesta contra esos empresarios que husmean en las redes sociales a la caza de deslices de sus empleados-, pero en el abanderado de una causa de interés público jamás. Esto no solo tiene que ver con los valores, sino también con la eficacia de las organizaciones, y en último grado con la diferencia entre victoria y derrota. Imaginen que el Mahatma Ghandi hubiera sido adicto al opio, o que fueran ciertas esas historias según las cuáles al Dr. Martin Luther King le gustaba llevarse las mujeres a la cama de dos en dos. La historia de la lucha por los derechos civiles habría sido distinta, y como resultado de ello, aunque parezca contradictorio, ahora viviríamos en un mundo más conservador y menos tolerante.

Asi que antes de dejarnos arrastrar por el papanatismo general, pensemos un momento en todo lo anterior y apliquémoslo al caso del controvertido chingueta australiano.

04/12/2010

WikiLeaks contra la Esfinge

Uno de los aspectos menos comentados durante la polémica sobre revelaciones de secretos en Internet es precisamente el tremendo poder de las tecnologías 2.0, que que han hecho posible un terremoto mediático como este. Se mencionan los abusos y errores militares en Irak, la desvergüenza de una diplomacia prepotente y cotilla que Estados Unidos utiliza como red de espionaje, se especula acerca de que Julian Assange podría no ser el apostol de la libertad que muchos creen, sino tan solo un buscavidas tramposo y autoritario con amplio historial de estafas y acusado de violación en Suecia. Pero nadie habla de la novedad técnica, pequeña y aparentemente trivial, a la que además de otras creaciones más edificantes de la web 2.0 debemos este parnaso de la chismografía: la redefinición, hace ya algunos años, de un estandard para programar páginas web, que hizo posible desligar el formato de los contenidos en las páginas web y la ejecución de código -Javascript y otros lenguajes- no en el servidor, sino localmente en el navegador del usuario.

Posiblemente lo anterior les esté sonando a chino. No importa. Basta con que entiendan las implicaciones: al navegante habitual de Internet, que hasta entonces se había limitado a leer noticias o elegir entre los diferentes escaparates de la primitiva web 1.0, se le ofrece de pronto la posibilidad de convertirse en creador de contenidos. Su navegador Internet Explorer, Opera, Firefox o Chrome deja de ser una simple ventana para convertirse en una terminal de dos sentidos. El internauta comienza a escribir blogs, poblar redes sociales, colaborar on line en proyectos de software, participar en plataformas públicas, etc. De pronto puede convertirse en activista, ciberdelincuente, terrorista o dedicarse a hacer la puñeta a sus jefes. Mucha gente se pregunta de dónde sacan Julian Assange y sus informantes todos esos documentos confidenciales. He aquí la respuesta: de la red que se desligó de Internet hace muchos años con el propósito de evitar el contacto directo con toda una legión de estudiantes universitarios, aficionados y frikis que enredaban en instalaciones informáticas, y disponer asi de una infraestructura de comunicaciones independiente para conectar las instalaciones militares y legaciones diplomáticas de Estados Unidos en el mundo. Esta red sigue existiendo bajo la denominación de SIPRNet (Secret Internet Protocol Router Network). Alrededor de dos millones y medio de funcionarios del gobierno norteamericano disponen de acceso directo a ella, por lo que el potencial de goteras informativas (leaks) es aun considerable.

Ahora se entenderá por qué Obama, Cándido Conde Pumpido y muchos otros dignatarios grandes y pequeños no recuperan la placidez del sueño. Cuando menos te lo esperas aparece una noticia presentándote como colaborador en el acarreo de presos a Guantánamo. Y esto no es más que pecata minuta. ¿Qué sucederá el día en que salgan a la luz detalles relacionados con el 11-M o acuerdos secretos entre las potencias, de esos que proyectan luz sobre el verdadero origen de guerras, ajustes fronterizos o limpiezas étnicas? Dice bien el refrán: no hay enemigo pequeño. Sin embargo, quien peor sale parado en esta grotesca aventura informativa de Wikileaks no es el gobierno español por su papel como prestatario de servicios logísticos para un sistema carcelario ilegal, ni por su servilismo a la hora de mendigar audiencias ante Obama o visitas de su señora a Marbella, sino los propios Estados Unidos por el perjuicio irreparable que acaba de sufrir su reputación internacional.

Todas las embajadas funcionan como bases para operaciones de espionaje instaladas al calor de la inmunidad diplomática. Esto siempre fue asi y todo el mundo lo sabe. Pero el método, la planificación y la racionalidad con la que el coloso aprovecha en este sentido su red de legaciones -260 embajadas y consulados en 160 países- carece de precedente. Las representaciones diplomáticas estadounidenses actúan como antenas de escucha y canal de chismes maledicentes sobre jefes de estado, presidentes de gobierno, primeras damas y otros personajes significativos que pese a su crudeza consiguen transmitir una imagen fiel de la situación en el extranjero.

El shock generado por la súbita exposición a la luz de todo este infoporno va más allá del daño de imagen. Los Estados Unidos también pueden verse perjudicados en términos políticos y económicos. En la era de la información saber más que el rival es la mayor de las ventajas. Hasta la fecha Washington se limitaba a informarse y hacer un uso discrecional de su amplio conocimiento sobre el mundo exterior. Los gobernantes extranjeros, ante la incertidumbre que suponía el silencio del gobierno norteamericano, competían por conseguir su favor. Ahora ya saben más unos de otros, y también algo importante: lo que Estados Unidos piensa de ellos -por ejemplo que Angela Merkel es poco creativa y adversa al riesgo, Sarkozy un emperador desnudo, Vladimir Putin incapaz de ver más allá de sus permanentes aspiraciones de macho alfa, y Ahmadinedjad peor que Hitler-.

Lo mismo que la capacidad de seducción de Mona Lisa se basa en que no podemos ver lo que hay dentro de su boca, el poder enigmático e irresistible de la esfinge reside en que no podemos ver lo que hay dentro de su mente. Podrá ser conocedora de graves secretos o quizá tan solo una impostora, pero como nunca dice nada no hay manera de saberlo. Mas hete aquí que unos pillos, mediante un uso indebido de las tecnologías de la información, se las ingenian para obligarla a hablar hasta por los codos, largando información reservada, secretos de estado y chismorrería en cantidades industriales. Y de pronto la esfinge ha perdido su poder.